sábado, 11 de junio de 2011

SÉPTIMO:- AMAR A SUS SEMEJANTES.

Los seres humanos nos encontramos siempre necesitados de afecto, ya que forma parte de nuestra naturaleza nutrirnos del amor de quienes nos rodean.

La nutrición afectiva la obtenemos inicialmente de nuestra familia y de aquellas personas a las que nos ligamos como consecuencia de nuestra cotidiana convivencia en nuestra sociedad.

El individualismo que caracteriza las culturas de las distintas sociedades del mundo, ha producido en nuestra niñez la percepción de que el compromiso de los demás es de darle amor sin que esto implique que a la vez deban volcar la capacidad de amar a los demás.

Es decir, emerge el convencimiento de un merecimiento de afecto, sin necesidad de esforzarse por lograrlo.

En este sentido dar afecto se convierte en cálculo, es decir, se expresa el cariño, el amor, si a través de esta vía se obtiene algún beneficio, luego entonces, dar amor se vuelve selectivo e impide el surgimiento de redes fraternales, solidarias y cooperativas indispensables para construir proyectos comunes en cuyo epicentro se encuentra el ser humano y la dotación de todos los medios para que alcance la felicidad.

El amor que se da por razón de lo que se obtiene a cambio acentúa la soberbia y el egoísmo y convierte las relaciones humanas en medio para lograr lo que se quiere, aún a costa de pasar por encima de los principios y los valores de los demás.

Es necesario que niñas y niños aprendan a amar con desprendimiento dando lo mejor de sí mismos por el bien de los demás.

Que niñas y niños amen a sus semejantes involucra la ternura, la tolerancia, la generosidad, pero sobre todo la manifestación de las más puras emociones y sentimientos que se vuelcan hacia la comunión de su prójimo.

La niña y el niño que ama a sus semejantes no se lastima emocionalmente a si mismo como tampoco lo hace con los demás y su comportamiento cotidiano en casa, en la escuela, en el barrio refleja armonía, es decir, se relaciona y se vincula con las personas de su misma edad y con los adultos amorosamente, por lo que en consecuencia es incapaz de lastimar conscientemente a quienes lo rodean.

Niñas y niños que aman a sus semejantes aprenden a interactuar asertiva y empáticamente, se vinculan con tolerancia y comprensión de la diversidad y las diferencias de quienes lo rodean.

Aprender a amar desde la tierna infancia implica la práctica de la piedad de la compasión y de la concordia.

Niñas y niños evolucionan desde un individualismo depredador a una autonomía de la voluntad, en la que los otros siempre tienen cabida como complemento de su sentido existenciario.

OCTAVO:- ABSTENERSE DE MALTRATAR A LOS DEMÁS.

Una y otra vez se afirma por médicos, psicólogos, sociólogos y especialistas afines, que niñas y niños son egoístas por naturaleza, de ahí su tendencia a pretender que todo gire alrededor de ellos mismos.

La realidad es de que los seres humanos independientemente de la etapa de vida en que nos encontremos somos intrínsecamente bondadosos aún cuando en el interior de nuestro ser yace también la capacidad de la maldad.

Si al arribar al mundo nuestros niños y niñas traen consigo las potencialidades del bien y del mal entonces a nosotros nos corresponde que lo que se manifieste a través de la influencia de la cultura sea su naturaleza bondadosa.

La misión social de la familia, de la escuela y la comunidad próxima, es la de proveer las condiciones para que en nuestra niñez aflore la bondad.

La sistematización de deberes de niñas y niños y particularmente la obligación de abstenerse de maltratar a los demás, está directamente ligada a que logremos que valoren en su prójimo lo que quieren para ellos mismos.

Es común en la realidad que nos percatemos de la violencia que desde temprana edad experimentan niñas, niños y adolescentes y cómo esta influye en su comportamiento.

Incluso apreciamos los malos tratos dirigidos hacia los animales por lo regular criaturas indefensas e incapaces de contener la agresión física de que son objeto y que es una muestra de indiferencia afectiva que expresada por nuestra niñez a todos nos debe preocupar.

Una de las formas en que nuestra niñez muestra sus cualidades humanísticas es con el buen trato que da a los animales sobre todo a aquellos que son vulnerables a la brutalidad de seres insensibles e indiferentes al dolor que les provocan.

Niñas, niños y adolescentes deben aprender a respetar los derechos de sus semejantes, a abstenerse de ejercer violencia en la escuela por razones de género, de capacidad económica, de raza, de apariencia física, de las características de los pares y de todo aquello que haga a la discriminación de sus semejantes.

Abstenerse de maltratar a los hermanos, parientes, a sus amigos, a quienes no son sus amigos, pero si sus compañeros y por el contrario siempre preocuparse y ocuparse por tenderles su mano para ayudarlos en la satisfacción de sus necesidades.

NOVENO:- RESPETAR Y DEFENDER LOS DERECHOS DE SUS PARES.

En nuestro planeta y, sobre todo en naciones subdesarrolladas, los derechos de niñas, niños y adolescentes son vulnerados con frecuencia, entre otros factores por la injusticia social que impacta derechos fundamentales, como lo son, el derecho a la alimentación, a la salud, a la educación, a la vivienda, a la seguridad, a la protección integral, a vivir en un ambiente libre de violencia y, sobre todo, a coexistir en un ambiente donde impere el amor, la felicidad y la comprensión.

Uno de los pilares de las sociedades democráticas de derecho contemporáneas que nos reclama a gobernantes y gobernados el acatamiento efectivo de las normas jurídicas para que el Estado esté en condiciones de cumplir con la función que los ciudadanos le hemos encomendado, es la cultura de la legalidad.

El aprendizaje y la comprensión de nuestra niñez sobre sus derechos fundamentales desde su primer etapa de vida, la compromete a ponerlos en práctica con niños y niñas de su misma generación, de tal forma de que sabedores de sus derechos y los de sus pares se abstengan de atentar directamente contra los mismos y a la vez los hagan valer cuando alguien los vulnere.

Es decir, desde los derechos fundamentales de los niños hasta los principios y valores que les son inculcados en su primera infancia, es necesario que introyecten, que se sensibilicen y se comprometan a abstenerse de atentar ellos mismos contra tales derechos en perjuicio de sus compañeras y compañeros.

La toma de conciencia de niñas y niños de que sus derechos los comprometen con sus pares, es decir, deben defenderlos ante situaciones que se presenten dentro del grupo al que pertenecen, constituye los primeros pasos para hacer efectivo su sentido de justicia, indispensable para que en el futuro se conviertan en seres que respeten las normas jurídicas y en consecuencia vivan a plenitud la cultura de la legalidad.

La defensa de los derechos entre pares se traduce en el ejercicio de la democracia real que convierte a nuestra niñez en protagonista de cambios, que ahora mismo no se están produciendo por el desdén que los adultos tenemos respecto de la cultura de la legalidad.

La comprensión y defensa de derechos humanos y de normas sectoriales entre pares, es el principal punto de equilibrio para avanzar con solidez hacia la materialización del desarrollo humano de los individuos.

En efecto, la niñez comprende que puede ser o hacer todo aquello que no daña a los demás y que sí en cambio está legitimada para llevar a cabo todo lo que implique la protección de sus derechos y de quienes los rodean.

El desarrollo sano de la personalidad de niñas y niños está supeditado a que desde sus primeros años de vida comprenda sus derechos, pero también que comprenda sus deberes, ya que es este el equilibrio que requiere para que tal y como se previene en el texto de la Convención de los Derechos del Niño, alcance un desarrollo pleno.

El aprendizaje concomitante de derechos y deberes, habilita a la niñez para practicarlo con sus pares, lo que permite que fraguen con tal consistencia que nos encontraremos con generaciones de niñas, niños y adolescentes con una percepción de sí mismos y de los demás en la que la justicia se convierte en el epicentro de su existencia.

Asimismo para los adultos significa una manera distinta de relacionarse con sus hijas e hijos en cuyo contexto se puede hacer realidad el surgimiento de espacios signados por el amor, la felicidad y la comprensión.

DÉCIMO:- AYUDAR A LOS NECESITADOS.

Vivimos en tiempos en los que existe un divorcio entre lo que decimos que haremos y lo que realmente llevamos a cabo.

Aunque transmitimos a niñas, niños y adolescentes principios y valores, resultan tan débiles nuestros planteamientos que difícilmente logramos que aniden en su mente.

Las aspiraciones sociales sobre el bien común y la justicia social, no encuentran referencia en la conducta cotidiana del conjunto de protagonistas de la vida comunitaria.

Son tantas las necesidades de los grupos vulnerables y tan pocas las organizaciones sociales así como las políticas públicas de los tres órdenes de gobierno, que no alcanza a responder a las carencias de grandes grupos de menesterosos diseminados a lo largo y ancho de los territorios de las naciones subdesarrolladas.

Nuestras niñas, niños y adolescentes se percatan desde temprana edad de que el divorcio de los adultos con la práctica de la fraternidad, la solidaridad y la cooperación, que cuando hablan sobre estos valores se aprecian como simulaciones que no reflejan la realidad.

Nuestra niñez más allá de mensajes huecos, experimenta en el desarrollo de su personalidad contradicciones con las más nobles aspiraciones contenidas en tratados y convenciones internacionales.

A pesar de que la realidad dificulta las aspiraciones de realización en las sociedades contemporáneas, cuyo signo distintivo es el “tener”, existe un empecinamiento social por mantener metas a las que en la mayoría de los casos solo se puede accesar a través de lastimar, de hacer daño y de vulnerar a quienes nos rodean.

Las sociedades del “tener” alienan a las personas y en consecuencia a la niñez que terminan por desentenderse del “ser” y con eso se produce un consenso en el que los demás solo tienen cabida en la medida en que se obtiene un beneficio de ellos, incluso en aquellos casos en los que aparentemente emerge el espíritu altruista.

Es urgente que generemos las condiciones para que emerjan las mejores potencialidades de nuestra niñez, cuyo sustento es la cualidad de seres humanos intrínsecamente bondadosos.

Es importante que independientemente de la concepción del mundo de los adultos y de su percepción de lo que existe más allá de nuestro plano existencial, que inculquemos valores a nuestra niñez que trasciendan a un individualismo, en el que esperamos que todo gire a nuestro alrededor.

Ayudar a los necesitados cuando ésta actitud emerge serena y espontáneamente, es la expresión por excelencia del amor al prójimo y la oportunidad de mostrar nuestras mejores cualidades humanas.

Nuestras niñas y niños a temprana edad, son seres humanos a los que debemos acompañar para que transiten con seguridad por el desarrollo de su personalidad.

Es necesario producir en la niñez la conciencia, de que en cada ocasión que se ayuda a un ser necesitado, se ayuda a sí misma, y se convierte en actora de una sociedad en la que no tienen cabida los disvalores.

El signo distintivo por excelencia de nuestra especie es la bondad intrínseca, de ahí la necesidad de inculcar este deber, en virtud de que una vez de que es asimilado por nuestra niñez, deja de tener esa connotación para convertirse en una manera de ser que potencia la corresponsabilidad social.

Justificación

Considerando que:

- Los adultos estamos comprometidos a generar condiciones que permitan a nuestra niñez el desarrollo armonioso de su personalidad.

- La familia es el espacio natural para que nuestra niñez descubra valores inherentes a nuestro ser que trascienden a la cultura y que constituyen el bagaje espiritual del que todos hemos sido dotados desde el primer momento que aparecimos en la faz de nuestro planeta.

- Cuando no es posible que niñas, niños y adolescentes crezcan en el seno de una familia, a la sociedad organizada en base al espíritu fraternal de nuestros pueblos le corresponde sustituir la noble y trascendental misión de la familia.

- Los seres humanos hemos logrado crear un marco normativo que permite a nuestra niñez conocer y comprender cuáles son sus derechos, al margen de que tenemos que instrumentar acciones afirmativas para que estos no sean vulnerados.

- En la actualidad y paulatinamente la mayoría de niñas, niños y adolescentes desde edad temprana tienen conciencia de sus derechos fundamentales y en los espacios donde se desenvuelven los hacen valer, en particular, en los de crianza.

- Los avances en materia de los derechos de la niñez, atendiendo siempre a su protección integral, a su sano desarrollo y a su interés superior, nos permiten dar ahora un paso adelante que es indispensable para contribuir a la creación de condiciones que faciliten su pleno desarrollo.

- El paso que corresponde dar es el establecimiento de obligaciones, deberes o mandamientos indispensables para el sano equilibrio de la evolución de su personalidad.

- Lo antes señalado es indispensable en virtud de que en el seno de la familia y de instituciones sociales responsables de la protección de la niñez, se atraviesa por graves dificultades para cumplir con su misión, ya que en su mente ha anidado la clara concepción de sus derechos, pero sin la correspondiente introyección de sus deberes.

- Los deberes de niñas, niños y adolescentes están indisolublemente ligados a la función social de la familia, la escuela y la comunidad y al cumplimiento de los compromisos que en la materia les corresponden a las instituciones del Estado.

- En la medida en que se logre una evolución equilibrada entre derechos y deberes se reducirán los riesgos de la realización de conductas que atenten contra ellos mismos y contra los demás.

- Al amalgamarse los derechos y los deberes de la niñez se producirán condiciones objetivas para su comportamiento pro social en el futuro.

- Es necesario que los deberes que a continuación se enunciarán se aprendan simultáneamente con los derechos desde los primeros contactos conscientes de la niñez con su entorno para con esto equilibrar su proceso de socialización.

- Si estamos comprometidos con el desarrollo de una niñez física, mental y espiritualmente sana, es indispensable que desde el interior de su ser emerja una clara visión de sus derechos y obligaciones.