sábado, 11 de junio de 2011

DÉCIMO:- AYUDAR A LOS NECESITADOS.

Vivimos en tiempos en los que existe un divorcio entre lo que decimos que haremos y lo que realmente llevamos a cabo.

Aunque transmitimos a niñas, niños y adolescentes principios y valores, resultan tan débiles nuestros planteamientos que difícilmente logramos que aniden en su mente.

Las aspiraciones sociales sobre el bien común y la justicia social, no encuentran referencia en la conducta cotidiana del conjunto de protagonistas de la vida comunitaria.

Son tantas las necesidades de los grupos vulnerables y tan pocas las organizaciones sociales así como las políticas públicas de los tres órdenes de gobierno, que no alcanza a responder a las carencias de grandes grupos de menesterosos diseminados a lo largo y ancho de los territorios de las naciones subdesarrolladas.

Nuestras niñas, niños y adolescentes se percatan desde temprana edad de que el divorcio de los adultos con la práctica de la fraternidad, la solidaridad y la cooperación, que cuando hablan sobre estos valores se aprecian como simulaciones que no reflejan la realidad.

Nuestra niñez más allá de mensajes huecos, experimenta en el desarrollo de su personalidad contradicciones con las más nobles aspiraciones contenidas en tratados y convenciones internacionales.

A pesar de que la realidad dificulta las aspiraciones de realización en las sociedades contemporáneas, cuyo signo distintivo es el “tener”, existe un empecinamiento social por mantener metas a las que en la mayoría de los casos solo se puede accesar a través de lastimar, de hacer daño y de vulnerar a quienes nos rodean.

Las sociedades del “tener” alienan a las personas y en consecuencia a la niñez que terminan por desentenderse del “ser” y con eso se produce un consenso en el que los demás solo tienen cabida en la medida en que se obtiene un beneficio de ellos, incluso en aquellos casos en los que aparentemente emerge el espíritu altruista.

Es urgente que generemos las condiciones para que emerjan las mejores potencialidades de nuestra niñez, cuyo sustento es la cualidad de seres humanos intrínsecamente bondadosos.

Es importante que independientemente de la concepción del mundo de los adultos y de su percepción de lo que existe más allá de nuestro plano existencial, que inculquemos valores a nuestra niñez que trasciendan a un individualismo, en el que esperamos que todo gire a nuestro alrededor.

Ayudar a los necesitados cuando ésta actitud emerge serena y espontáneamente, es la expresión por excelencia del amor al prójimo y la oportunidad de mostrar nuestras mejores cualidades humanas.

Nuestras niñas y niños a temprana edad, son seres humanos a los que debemos acompañar para que transiten con seguridad por el desarrollo de su personalidad.

Es necesario producir en la niñez la conciencia, de que en cada ocasión que se ayuda a un ser necesitado, se ayuda a sí misma, y se convierte en actora de una sociedad en la que no tienen cabida los disvalores.

El signo distintivo por excelencia de nuestra especie es la bondad intrínseca, de ahí la necesidad de inculcar este deber, en virtud de que una vez de que es asimilado por nuestra niñez, deja de tener esa connotación para convertirse en una manera de ser que potencia la corresponsabilidad social.

No hay comentarios:

Publicar un comentario